Apuntó en su cuaderno: “somos una mezcla terrible, y en cada individuo coexisten tres, cuatro, cinco individuos diferentes, así que es normal que ellos no concuerden entre sí”. No venía al caso, pero le acabó de tranquilizar y con esa nueva se quedó dormido.

A la mañana siguiente despertó con una sensación desconocida, como si el diálogo consigo mismo fuera diferente. Muchas cosas se le habían vuelto, si no coherentes, sí explicables

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