Cada vez que un joven entra armado en un instituto o universidad, los pilares sobre los que se sustentan nuestras sociedades vuelven a cuestionarse. Ocurrió en Michigan, en Texas, en Escocia, en Columbine, en Erfurt, en Virginia, en Finlandia…y acaba de ocurrir de nuevo en Winnenden.
Lo más grave: este tipo de sucesos generan cada vez menos debate social. El caso del año pasado en Finlandia fue portada un poco por casualidad. Y este último de Alemania… quizás los alemanes hablan de ello todavía, pero en los medios españoles ya no hay ni la típica tertulia recurrente.
A continuación, un artículo publicado en la Comunidad Hemeroteca de La Vanguardia. No habla de todos los casos - la lista es demasiado larga- pero con los que cita, el susto ya te lo llevas.
Columbine, uno de tantos
Si en el caso de Texas el asesino había contado sus planes a su psiquiatra, en el de Finlandia lo había anunciado en Internet. Pero para el caso es lo mismo: hay muertos y hay jóvenes que matan. La historia nos dice que estos hechos ocurren, lo que parece no decirnos es cómo hacer para que no se repitan.
Michael Moore y su ‘Bowling for Columbine’ han hecho que, en el imaginario colectivo, se asocie siempre ese tipo de tragedia con lo que ocurrió aquel 1999 en el estado de Colorado. Pero el caso de Columbine no fue ni el primero ni tampoco el más mortífero.
Repasemos, a continuación, algunos de los casos más tristemente famosos:
En 1927, un miembro del consejo escolar hizo explotar varias bombas en un centro de Michigan y causó 45 muertes. Es ‘la obra de un loco’, sentenció La Vanguardia.
Y en 1966, Austin también vivió su propia tragedia. Joseph Withman, estudiante de arquitectura, se subió a una de las torres de la Universidad de Texas y estuvo más de una hora y media jugando a ser francotirador. “Disparó a mansalva”, narra la trágica crónica del suceso. Antes de que la policia lo “abatiera de un certero disparo”, el joven mató a once personas e hirió a 34 más. Luego se descubrió que Withman había matado también a su madre y a su esposa. Tenía 24 años y era un ex marine que había vuelto a estudiar.
Entonces empezaron las preguntas y llegaron las crónicas que intentaban trazar el perfil del asesino para hallar respuestas a sus terribles actos. Padecía un tumor cerebral que la causaba intensos dolores de cabeza, había estado en tratamiento psiquiátrico, en la Marina había sido degradado y expulsado, se había criado en una casa llena de armas de fuego, a pesar de esforzarse no tenía éxito en los estudios… Pero sus amigos jamás lo habían visto capaz de cometer tal atrocidad.
Ya en aquel momento, el presidente Johnson dijo: “Lo que ha sucedido será una lección para nosotros”.
Armas en la sociedad
La lección, no obstante, no se aprendió del todo. En 1999, dos adolescentes entraron en la Universidad de Columbine armados hasta los dientes y cometieron un asesinato masivo que volvió a conmocionar a los Estados Unidos. Hubo 13 muertos, 24 heridos y dos suicidios: los de los autores de la masacre.
¿Por qué? El debate sobre los valores que la sociedad transmite a sus jóvenes volvió a ser protagonista en las sobremesas de todo el mundo. También la cuestión de la proliferación de las armas volvía al punto de mira. En aquella ocasión, Bill Clinton “pidió a los americanos que rezaran por los estudiantes”.
En el 2007, una vez más, Estados Unidos volvía a revivir la pesadilla. El 16 de abril, el estudiante de literatura inglesa Cho Seung-hui protagonizó el peor ataque a una universidad de la historia del país. La masacre de Virginia Tech se saldó con 33 muertos - uno de ellos el propio asesino, que se suicidó- y los titulares fueron contundentes: era otra ‘Tragedia americana‘. La Vanguardia recogió, a través de Internet, los testimonios de varios estudiantes. Muchos de ellos, con la película de Michael Moore en la memoria, sentenciaron: ‘Ha sido peor que Columbine‘.
Y volvieron los interrogantes. Esta vez acompañados de críticas directas: Cho Seung-hui, dos horas antes de la matanza final, ya había matado a dos estudiantes. Y ni la policia no había alertado al resto del campus ni se habían desalojado las aulas. “A toro pasado es muy fácil decir lo que se tenía que haber hecho“, dijeron el rector de la Universidad y el presidente George Bush.
En Europa también
No sólo Estados Unidos tiene manchas de sangre en sus institutos, la historia europea también tiene sus tragedias. En marzo de 1996, un “enajenado se suicidó tras acribillar a 16 niños y a su maestra en un colegio de Escocia“. “Era un loco”, dijeron los que lo conocían. Thomas Hamilton era, efectivamente, un hombre de 43 años mentalmente desequilibrado.
En abril del 2002, el asesino fue de nuevo en adolescente. Un ex alumno de una escuela de Erfurt mató a 17 personas y luego se suicidó. Lo tocaba el turno a la sociedad alemana ser cuestionada: “Los decepcionantes resultados del estudio Pisa, la infradotación de las escuelas y la violencia han sumido el sistema educativo en una crisis”, decía la crónica el día.
Y ocurrió también en Finlandia. Y no una, sino dos veces en menos de un año de diferencia. El 7 de noviembre 2007, un joven de 18 años mató a ocho personas en Tusula. Luego, siguiendo el mismo patrón que sus precedentes, se disparó un tiro en la cabeza. De nuevo, la masacre había sido previamente anunciada, esta vez a través de vídeos colgados en Youtube.
Y a los pocos meses, sin que la sociedad finlandesa hubiera tenido tiempo de entender qué pasaba en sus aulas, un estudiante de 22 años volvió a matar. Matti Juhani Saari también había difundido en internet vídeos violentos, y la policía incluso le había llegado a interrogar por ello. Pero nada impidió que matara a nueve compañeros y a un profesor y que luego se suicidara.
Winneden, Alemania
El último caso ha ocurrido en Winneden, Alemania. El joven alemán que asesinó a 15 personas de su antiguo colegio también se suicidó. Y tampoco tuvo ningún problema para acceder a las armas con las que cometer el crimen.





